Simulacro

simulacro.

(Del lat. simulacrum).

1. m. Imagen hecha a semejanza de alguien o algo, especialmente sagrada.

2. m. Idea que forma la fantasía.

3. m. Ficción, imitación, falsificación. Simulacro de reconciliación. Simulacro de vida doméstica. Simulacro de juicio.

4. m. Mil. Acción de guerra fingida.

5. m. desus. Modelo, dechado.

RAE

Vivir en una ciudad, imposibilitados de huir de los medios, con celulares, internet al dedo, y con información instantánea, nos ha dado una idea de la realidad nueva, por los menos para aquellos que vivimos esos años en los que no era raro encontrarse en un diario con noticias sobre algo que ocurrió hace una semana atrás.

Las horas de desplazamiento para la mayoría de las personas representan, sin grandes exageraciones, alrededor de un 12% del día, que se le descuentan a las horas despierto, si es que le pudiéramos llamar estar despierto a este estado de vigilia que inicia desde que nos levantamos de la cama, y hasta que volvemos a ella.

En muchos casos, las horas que transcurren durante el día, realizando aquellas tareas por las que a fin de mes se recibe un salario (generalmente precario, o al menos con el que muchos están disconformes), también se ajustan hacia el piloto automático. Sin un dato estadístico, me aventuro a pensar que no son pocos los que se dedican a tareas mecánicas y repetitivas, para las que habrán desarrollado una especie de secuencia de comandos en el cerebro, que les mantenga realizándolas.

La velocidad de todo esto, sumado al tiempo perdido con la mirada en escorzo sobre la ventana del bus, o del metro, nos ha acostumbrado a la reacción, por sobre la reflexión.

La falta de tiempo, la programada monotonía, el vacío de contenido de los medios y la inmediatez, han generado una densa capa de individuos grises, que deambulan por la ciudad, desfilando en el sinsentido diario, esperando a que sea sábado, aunque ese día pronto se convierta en cualquier sábado, o cualquier domingo.

La vida contemporánea, que se desarrolla fundamentalmente en habitáculos, en el mundo virtual, o en “no-lugares”, exige varias cosas para las cuales muchos corren a inscribirse, y que son fundamentalmente la falta de capacidad de análisis, la falta de crítica y de reflexión, consumo, uniformidad y la inscripción arquetípica en algún particular estilo de vida, todo esto sumado al férreo compromiso con la aceptación del modelo.

En la ciudad de “matar-o-morir”, los ejecutivos despliegan su creatividad decidiendo entre una corbata roja o amarilla, cuarentonas-rubias-bronceadas-aburridas-en-buzo, hacen fila para entrar con sus 4×4 sub-utilizadas al “parking” del “mall”, los obreros viajan desde las 6 de la mañana en bus-en metro-en micro, para llegar a las 9 a levantar edificios de departamentos, las nanas lo mismo, pero más temprano, para llegar antes de las 8 a darles el desayuno a las niñitas de la patrona que va al “Alto” en su “Sub-urban”, apenas abran.

La falta de tiempo de reflexión, de conexión con el entorno, de ocio si se quiere, es la principal herramienta mediante la cual esta situación se perpetúa, en general sin grandes cuestionamientos. Abrirse a mirar las manifestaciones estudiantiles, el conflicto mapuche o el episodio reciente de Aysén, no pasa de ser una revisión de excepciones históricas a esta norma. Le invito a mirar por la ventana en lugar de la pantalla. La alienación ciudadana es transversal.

La vida es un simulacro, un desfile de arquetipos, una “comedia de situaciones” en la que a algunos le tocaron mejores personajes que a otros, y en la que por la noche el Presidente anuncia grandes medidas (que en realidad son atrasadas, mezquinas y poco eficientes), para que el “gran pueblo de Chile” (los más pobres supuestamente) esté mejor y más contento (aunque con la mala educación que reciben apenas comprendan una pizca de lo que dice aquel sujeto), y para que esto sea más justo.

Llevo más de 30 años viendo esta misma repetición, día tras día, y las nanas y los obreros siguen levantándose a las 5 de la mañana, y llegando a las 11 de la noche cansados, derrotados, urgidos por alcanzar a ver el reality, y los ejecutivos que “bajan” en sus estupendos autos, sin enterarse, porque ahora ni siquiera se cruzan en las mismas calles, porque gozan de autopistas exclusivas para ellos y excluyentes para los demás… Llevo más de 30 años siendo testigo de este puto simulacro.

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