Castro Shopping Center

Imagen

El respeto internacional por la tradición constructiva chilota, no es el que se origina en base a la admiración por las grandes obras de célebres arquitectos, sino por aquella que se fija en la profunda e indisoluble raigambre entre el método de construcción, la naturaleza de los materiales del lugar, su comunión con el entorno, y las costumbres del lugar. Todo esto, resultado de la experiencia del pueblo que ha forjado aquella postal de lo que es Chiloé.

La penetración de las redes sociales, como herramienta de comunicación inmediato, y que hoy día dicta parte importantísima de la pauta de los medios tradicionales, nos ha permitido enterarnos con detalle, de la instalación de un mal(L), de estilo internacional, con instantáneas digitales en colores, y más tarde con sendos reportajes e investigaciones sobre cómo se gestó, quiénes son los actores en la decisión y la construcción, y la larga lista de “dimes-y-te-dire-tes” entre quienes denuncian las negligencias, dolos, y arreglines para que esto esté en curso, y los respectivos denunciados.

Todo lo anterior es, en general, la forma normal en la que se desarrollan este tipo de noticias en el mundo de la instantaneidad en el que vivimos. Y ya corren los arquitectos de “renombre” a dar a cuanta entrevista puedan, luciendo sus blazers comprados en Nueva York, a señalar que esto se ha hecho mal(L) por tal y cual razón, y que es una atrocidad por muchas razones, y que ellos habrían propuesto una solución mucho mejor.

Imagen

Pues yo creo que cualquier alternativa de estos famosos arquitectos, efectivamente podría haber sido mejor, es muy difícil pensar que algún colega serio sea capaz de producir semejante atrocidad, pero también hay que entender, que aquella oficina que ha recibido a este cliente, seducida por honorarios difíciles de conseguir en un único proyecto, seguramente no ha podido proponer nada, pues los centros comerciales están predefinidos, en forma y materiales, y tienen establecido como forma de hacer que no reconocen su entorno, porque son interiores, anonimatizantes, sordos. Sin embargo, el proyecto de arquitectura no es lo único en lo que hay que detenerse, pues en realidad no es lo central.  Hay una dimensión que envuelve todo, y que es mucho más complicada que la del proyecto.

En un reportaje de televisión, se entrevistaba a las típicas viejujas que pasan por la plaza. Se les pedía la opinión a las transeúntes, y es muy llamativo observar que hubiesen linchado -si hubiesen podido- a una santiaguina que intentaba dar su opinión en contra del mal(L). Ellas reclaman con plena convicción lo que entienden es su “derecho” a disfrutar de las grandes ofertas de las multitiendas, a tener un lugar para el paseo dominical familiar, para disfrutar, “igual que en Santiago” de un patio de comidas, y no pueden entender, que desde acá (distantes, indeferentes y desafectados) hayamos muchos que creemos que están equivocadas. Toda la oposición de la que se han enterado, la interpretan como que lo que verdaderamente estamos tratando de decir, o hacer, aquellos que habitamos alguna metrópoli, es negarles este “privilegio”, porque estamos convencidos que nos es exclusivo.

Nada les importa la escala, o que desde algunos sectores la catedral de Castro, monumento nacional, parezca un pariente pobre del mal(L), porque si alguien les llega a mencionar la palabra patrimonio se cagan de la risa. Es más, su idea es que por cuanto más se parezca a un mal(L) de Santiago, tanto mejor.

En los ojos de las señoras de la plaza, se veía el ansia por salir a gastar, e imagino que ya han hecho espacio en sus billeteras para las tarjetas de crédito de Falabella y Almacenes París, y las tarjetas de cliente frecuente, porque con ello, habrán dado el paso más importante de las últimas décadas, hacia lo que entienden como “progreso”.

La construcción del mal(L) de Castro es un triunfo para la publicidad, para el libremercado impersonal, para los grupos económicos que nutren sus bolsillos gracias al endeudamiento de la gente. La maquinaria publicitaria ha convencido a muchos en Castro, de que en realidad no necesitan ni un cine, ni restoranes de comida rápida, ni multitiendas, sino todo eso, al mismo tiempo, en un mismo lugar, en hormigón, acristalado, con letreros iluminando la ciudad desde la altura del cerro. Quieren estar presididos y cubiertos por la “luz” del comercio. Han logrado tal nivel de alienación en muchos habitantes, que la tradición, su tesoro patrimonial, su folclore, todo, lo entregan a cambio de la oportunidad de ir por las “liquidaciones” de temporada, y así lograr independencia del mall de Puerto Montt.

Ha llegado este alienígena de hormigón, a corromper el tejido que relaciona idiosincracia, identidad, comunidad. Este mutante al que Augé consideró un No-Lugar, viene a imponerse sobre el Lugar, a recortar la memoria, a distorsionar, validado por un deseo instalado mediante el engaño publicitario.

Ya lo lamentarán, más temprano que tarde los endeudados habitantes de Castro, los dueños de kioscos y boliches cerrados por quiebra, los fotógrafos de postales que ahora tendrán un mall como fondo de la mayoría de sus fotos.

La próxima pregunta es cuánto tardarán en llegar las palmeras, cuando ya no sólo quieran tener un mall, sino que quieran convertirse en Miami.

Anuncios
  1. No trackbacks yet.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: