Una Discusión sobre el Valor de la Vivienda Privada como Ejercicio Arquitectónico

El otro día pensaba en la admiración que algunos colegas (arquitectos), sienten por las casas que sus ídolos proyectan.

No sé cómo sea la realidad de cualquier otra Universidad distinta de aquella en la que yo me formé, pero en los largos años de carrera por los que pasé, sumados a los que “quise agregar para mejorar la experiencia pre-profesional”, diseñé sólo una casa. Y siempre me quejé por eso, porque me parecía insuficiente, y siempre creí que esa era un área fundamental en el quehacer de todo arquitecto. El resto del tiempo siempre hice proyectos de orden público, o de escala pública si así se quiere.

Naturalmente, esa cuestión de haber diseñado tan sólo una casa, es el resultado del azar, pues observé múltiples ejercicios en otros talleres. Pude ver las casas del poeta, las casas del músico, las casas del arquitecto y un eterno etcétera de casas dirigidas a un usuario particular.

Sometido al yugo del ejercicio libre de la profesión, podría establecer como proporción, que se me ha consultado 20 veces más por regularizaciones que por proyectos de vivienda o ampliaciones. Y esto tiene que ver con dos cosas. Una de ellas es que, en realidad, que un cliente tenga un presupuesto que le permita invertir en el trabajo de un arquitecto para que diseñe su casa, es una posibilidad localizada en una esfera puntual, de élite cultural, pues lo más habitual es que se piense que contratar un arquitecto es un “lujo” prescindible. Naturalmente el acceso a este tipo de clientes, es bastante limitado. En segundo lugar, la posibilidad de que un arquitecto cuente con la libertad que demanda proponer efectivamente sobre el diseño final de la obra es escasísima, por lo que generalmente se terminan entregando traducciones convertidas en planos, de aquello que la futura dueña de casa entiende como objeto arquitectónico/vivienda, y con esto la figura del profesional a cargo se reduce a lo que en lo administrativo se llama estafeta. O quizás menos. En términos más “prosaicos”, en aquellas pocas casas que se piden por encargo, la mayoría de las veces, el trabajo del profesional arquitecto es convertir en planos, los garabatos que los futuros habitantes trazan sobre las servilletas.

Visto este objetivo entonces, como un quehacer de baja demanda, y con pocas posibilidades de ejercicio profesional, he empezado a pensar que en realidad, y por mucho que parezca una oportunidad invaluable, hacer una casa no es la gran cosa. No lo digo desde el sentido de creer que no sea al menos interesante, y menos lo digo si es que Usted me está considerando para que diseñe lo que puede ser la mejor casa del mundo, pero sin querer ser mucho más cínico, creo que una casa particular es intrascendente, a la hora de medir su correspondencia con el potencial de valor urbano de una obra de arquitectura.

Una vez un amigo me preguntaba cuál era el sentido de estudiar una carrera que exigía tanto sacrificio, sólo para terminar haciéndole casas a los ricos… y en ese entonces, que no sabía bien cuál sería mi ámbito efectivo y potencial de mi futuro desempeño profesional, se me movió la estructura.

Hay grandes arquitectos que han producido notables obras en el ámbito de las viviendas particulares, pero llevo mucho tiempo preguntándome cómo es que estas más que notables casas, se “entregan” a su contexto urbano, sobretodo considerando su definición como objeto arquitectónico privado (la casa).

Sin querer alargarme teóricamente sobre el asunto, es bastante factible que una gran obra de arquitectura sea una pésima casa, y viceversa, porque la evaluación sobre la calidad del producto arquitectura asociado, puede ser válidamente medida desde el ámbito del habitante/propietario de la obra, como desde la vista del vecino, el crítico de arquitectura, y ser en cada caso, ser presa en el matadero del pelambre profesional.

Con todo lo anterior, mi idea es que la única arquitectura que desde su génesis puede -verdaderamente- constituirse en objeto de discusión, de reflexión, o al menos de diálogo, es la pública. No necesariamente la que es promovida o demandada por el Estado, pero sí aquella que tiene, por uso y por localización, una vocación pública, como pueden ser los edificios públicos propiamente tales, los edificios institucionales, los espacios públicos asociados a un proyecto de arquitectura, o individuales, y también la vivienda social, o unidades comunitarias. Estas escalas de proyecto, involucran su resolución en términos de implantación y desarrollos armónicos, aunque sabido es que no todos los casos considerarán estas variables, pero al menos por definición, son potenciales proyectuales.

Mientras la arquitectura de la vivienda privada se resolverá entre la familia mandante y sus integrantes, y contará con la discusión particular e interior sobre qué tal es (o quedó) el producto que se les entregó, en un proyecto con vocación pública los intervinientes de la discusión completan un grupo bastante más amplio que permite subjetivar en mayor ancho el análisis, así se supera la discusión sobre el diseño, convirtiéndose el objeto arquitectónico en un sujeto de estudio que se puede evaluar desde variados puntos de vista, generándose con ello un relato más amplio y rico en significados. La arquitectura de vocación pública puede efectivamente tocar, con significados, símbolos y contenido a la comunidad/sociedad, y ser sujeto de análisis incluso, desde otras disciplinas.

Todo esto ha venido a explicarme que no fue un perjuicio el ensayar tan aisladamente la vivienda particular, sino por el contrario, una suerte poder mirar la arquitectura desde un sentido de uso público, tanto por aquello que les cabe a los usuarios de la obra, como para aquellos que la observen.

A modo de aclaración, no es que rechace la vivienda como oficio legítimo y  natural a un arquitecto, ni pretendo siquiera sugerirlo, sino intento, a través de un ensayo menos que inicial, establecer el potencial del desarrollo de una lógica de proyecto con vocación pública, como el centro potencial de desarrollo de la arquitectura, en el entendido que la arquitectura es una disciplina que debe superar el ejercicio muchas veces caprichoso y hasta banal, de diseño.

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